sábado, 23 de mayo de 2020

Con la música a cualquier parte

La capacidad de la música para hacernos recordar y viajar es una gran oportunidad para la mente. Experimentar el placer de saltar las fronteras geográficas y dejarse llevar por tentaciones melódicas es, ahora que esperamos que pronto acabe el confinamiento, una buena ocasión para revivir el lenguaje de las vanguardias del siglo XX. Porque la música como decía Alex Roos en el prólogo de El ruido eterno, actúa sobre los oyentes por medio de la física sonora, agitando el aire y despertando extrañas sensaciones.
 Shostakóvich
En el convulso siglo XX, las composiciones estuvieron muy ligadas a los acontecimientos históricos. En un mundo desmembrado, muchos compositores volvieron a las raíces de sus antepasados para entenderse a ellos mismos, e investigaron en el arraigo folclórico de la vida preurbana. Otros escribieron al hilo de la tragedia y amenazados por el totalitarismo. Shostakóvich compuso Leningrado (dedicado a lo que es hoy San Petersburgo) mientras los alemanes acribillaban la ciudad Schoenberg inventa el dodecafonismo en la Viena efervescente y creativa de principios de siglo, casi en paralelo al estallido del movimiento artístico de la Sezession, y, de alguna manera, anticipando el antisemitismo pujante. El propio Stravinski, genio mayor de la música del siglo XX, también bebió en su juventud de las danzas rurales rusas, que además, le sirvieron para La consagración de la primavera, historia de una doncella condenada a bailar hasta la muerte en la Rusia pagana antigua, para lo que se valió de los recuerdos de su infancia en Ustiluh.

Para empezar, Praga, capital de la República Checa adonde volamos a través de los seis poemas sinfónicos de Bredich Smetana recogidos en Ma vlast (Mi patria de finales del XIX), en la que transcribió con música una travesía por el Moldavia para describir su belleza y adjetivar todo un país. La primera parada se llama igual que el castillo de Vysehrad, a orillas del río. Las cualidades sonoras (como la evocación de Kafka) acompañan a cualquier ruta por la ciudad, desde el puente de Carlos hasta el Grand Café Orient ( la única cafetería cubista del mundo), situado en el primer piso de la Casa de la Madona Negra, del arquitecto Josef Gocar, (...)

 También Manuel de Falla sintió la necesidad de la búsqueda de lo real en el folclore. Animado por Felipe Pedrell primero, y por Lorca después, escarbó en el flamenco y en el cante jondo. Le gustaba tanto Granada que, desde su Cádiz natal la soñó por adelantado y así luego pudo vivir lo inventado. Sin conocerla ambientó allí su primera ópera: La vida breve (1913). Pidió consejo a su amigo Antonio Arango, que había visitado la Alhambra, quién le contestó por carta: "El Albaicín es un barrio extremo de la ciudad, que está en cuesta...La fuente de donde dices que es buena el agua es la del Avellano; pero ésta no creo que se venda a gritos por la calle (...) La que sí se pregona es iagua de los aljibes de la Alhambra".
Después de estrenar dos obras mayores y de hacerse amigo en París de los compositores Debussy y Dukas, en 1920 se instaló al fin en la ciudad andaluza, en la que hoy es la Casa Museo Manuel de Falla, en un carmen de la Antequeruela Alta, donde tantas veces se juntó con su amigo Lorca, que veía en él lo que tanto perseguía: la unión de la música culta y popular. Escuchando sus Noches en los jardines de España evocamos una Granada nocturna y misteriosa, de calles que retan a la geometría y esa Alhambra que tan cerca tuvo el compositor, el encanto de un pueblo en una ciudad, el embrujo, los patios, los jardines. La primera obra que compuso aquí fue el Homenaje pour le tombeau de Claude Debussy. No es de extrañar. Los intensos años en la capital francesa le marcaron. Por algo dijo: "Me siento en Granada como en el centro del mundo, como si fuera un pequeño París".

Uno de los nombres más influyentes del siglo XX en el circuito musical parisién fue el de Nadia Boulanger. Según el poeta y ensayista Paul Valéry, "la música personificada". Compositora y profesora de tantos (Stravinski -su debilidad-, Aaron Copland, Philip Glass...), su piso de la Rue Ballu es tan determinante como la sala de conciertos Salle Cortot (joya de Auguste Perret), la iglesia de la Santa Trinidad (donde Messiaen ejerció de organista todos los domingos  ¡desde 1931 hasta su muerte en 1992!) o la Maison de Caude Debussy en Saint-Germain-en-Laye. También su hermana Lili fue compositora. Tempranamente enferma, falleció a los 24, pero tuvo tiempo de crear un repertorio entre la depresión y la religiosidad. Aunque su Nocturne o Cortège gocen de prestigio, D'un matin de printemps condensa sus virtudes contrapuntísticas y nos muestra una mañana de primavera que se abre con ímpetu a su IX Arrondissement, donde la Place Lili Boulanger la mantiene viva...

Use Lahoz. El Viajero. El País, 22 de mayo de 2020

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