lunes, 17 de marzo de 2025

Morlaix

La localidad de la Bretaña francesa que sirve de escenario a la última película  de Jaime Rosales se llama Morlaix y está atravesada por un río y un viaducto. Entre uno y otro, sus calles y su hermoso paisaje destilan esa triste lentitud de la vida de provincias que resulta tan propicia para el amor adolescente. Morlaix cuenta la historia de uno  de esos amores: el de un chico parisiense (Jean Luc) que deslumbra a una joven (Gwen), deseosa de huir después de haberse quedado huérfana.

Pero Morlaix no es un relato convencional sino la exploración elegante y delicada de un vacío existencial que encontrará en la experiencia del cine un lugar donde los personajes se descubren a sí mismos ante el amor y la muerte. La película está narrada desde la mirada de Gwen (Aminthe Audiard), que sueña con París mientras la vida se detiene ante Morlaix. Del color del paisaje se pasa al gris del cementerio donde Gwen y su hermano Hugo entierran a su madre. Rosales cambia una y otra vez de formatos y texturas, un vaivén formal que empieza a cobrar sentido cuando Gwen y sus amigos acuden al cine del pueblo a ver una película  que también se titula Morlaix.

Rosales propone un relato mutante y fragmentario, una película dentro de una película y así sucesivamente, reflejos de una realidad en busca de sí misma. Una indagación cuya memoria del pasado queda fijada a través de una serie de fotografías en blanco y negro de los jóvenes intérpretes que forman esa pandilla de instituto que debate sobre lo que el espectador ve. Se trata de adolescentes de finales del siglo XX (sin móviles) a quienes conoceremos años después, en la actualidad. Con referencias a la nouvelle vague ( se recrea la famosa coreografía de Bande aparte, de Godard). En todo momento sobrevuela el espíritu, tan puro como confuso de una edad en la que la felicidad, la toma de decisiones o la búsqueda de la libertad y del sentido de la vida resultan una intrincada huída hacia delante.

Naturalista y onírico, sencillo y complejo a partes iguales, el octavo largometraje de Rosales, que se acercó a algunos sinsabores del paso a la edad adulta en Hermosa juventud y Girasoles silvestres, encuentra en la arquitectura de Morlaix, y concretamente en su espectacular viaducto, el abismo que acecha a sus personajes.

Elisa Fernández Santos. El País,  viernes 14 de marzo de 2025.

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