sábado, 4 de marzo de 2023

Burbujas de leyenda: el planeta Krug

Viajamos al planeta Krug en un día helador de noviembre, primero a Le Mesnil-sur-Oger, donde la marca elabora un mito de los vinos  como es el Clos du Mesnil, y luego a Reims, donde se encuentra la maison Krug. Fueron Rémy y Henri Krug, la quinta generación de la familia, quienes tuvieron la idea, en 1979, de elaborar un vino a partir únicamente  de esta parcela de apenas 1,8 hectáreas de uva chadornay y enclavada en Le Mesnil-sur-Oger, Estamos en la denominada Côte de Blanes, epicentro del champán tipo Blanc de Blaneso, lo que es lo mismo, en el reino de la uva chardonay. Suelos de yeso y un microclima benigno hacen de este lugar  uno de los mejores terroirs de Francia y confieren a sus vinos un buen equilibrio entre el azúcar y la acidez, lo que suele dar lugar a vinos con amplio potencial de guarda. Le Mesnil tiene en torno a mil habitantes, en su inmensa mayoría dedicados a la industria del champán. Si paseas por sus calles, te topas a cada 20 metros con locales donde los pequeños productores de la zona venden sus champanes. Algunos de ellos, al contar con una producción demasiado corta, venden directamente la uva a otras marcas, entre ellas Krug.

El Clos du Mesnil es un minúsculo viñedo rodeado de un pequeño muro de piedra cuya partida de nacimiento se remonta a 1698, como puede comprobarse en una placa de piedra escrita en francés antiguo. El Clos que fue adquirido por Krug  en 1971, es un lugar especial. Está divido en cinco subparcelas y cada una de ellas produce vinos de personalidad diferente, algo no tan raro si se tiene en cuenta que unas tiene 15 años y otras casi 50. Cada parcela se vendimia de manera individual y según los sacrosantos preceptos de la agricultura biodinámica, aunque no siempre fue así: los productores de vinos de Champaña no fueron precisamente, hasta el pasado reciente, los mejores alumnos en lo que respecta a la biodiversidad. Este viñedo goza de un microclima ideal al encontrarse situado al sudeste del pueblo y quedar así protegido del viento gracias al muro.

Han transcurrido cuatro décadas y la gloria del Clos du Mesnil se acrecienta día tras día. Pero hay que hacer un poco de historia y recordar que para Paul Krug II, el padre de Henry y Rémy Krug, la idea de elaborar un champán procedente de una sola parcela, una sola uva y un solo año suponía una traición al espíritu de la maison, (que era en gran medida y sigue siendo) ensamblar vinos procedentes  de diferentes zonas de la región de Champaña, diferentes añadas y diferentes uvas (chardonay, pinot noir y meunier) para alcanzar resultados gloriosos. Finalmente, le convencieron y en 1979 fue creado y embotellado el primer Clos du Mesnil, que viene a ser -junto con el otro vino monoparcelario de Krug, el Clos d'Ambonnay (0,6 hectáreas de uva pinot)- algo parecido a un mito  en el universo de los vinos de Champaña... al alcance de según qué bolsillos, ya que un Clos du Mesnil puede oscilar tranquilamente, según añada, entre los 700 y los 1.500 euros. Para el Clos d'Ambonnay, el hipotético comprador (lo de hipotético se refiere no solo a la necesidad de un nivel adquisitivo casi obsceno, sino a la cuasi-imposibilidad de encontrar este champán) deberá pensar en un presupuesto situado entre los 1.500 y los 3.000 euros.

Esta mañana probamos el Clos du Mesnil Millesime 2006. Es una mezcla asombrosa de acidez, golosina (toques de miel), frescura y mineralidad; se bebe fácil  y al mismo tiempo tiene una corpachón que deja un poso inesperado, y no es de extrañar: 12 años de envejecimiento en barricas de roble lo contemplan. Clos du Mesnil solo ve la luz cuando el año ha sido realmente excepcional, cuando la viña ha estado en condiciones óptimas y cuando los enólogos han decidido que de verdad merece la pena hacerlo. Cuando es así, no más de 10.000 botellas llegan al mercado, de manera prioritaria a Japón, Estados Unidos, Italia y Reino Unido. Dicho de otro modo está todo vendido, salvo escasas unidades que aterrizan de forma milagrosa en las tiendas especializadas o en la bodega de algún coleccionista que, previa reserva, hayan podido hacerse con ellas. 

Por la tarde, la visita es a la  maison Krug, en el centro de Reims, auténtica capital del champán. En la casa-madre, el hogar de la familia Krug durante varias generaciones y un lugar a la vez ultramoderno y fuera del tiempo. Estamos en el primer nivel de la bodega, construido, al igual que la casa, entre 1870 y 1876. La idea de los Krug era tener el centro de producción de sus vinos en el mismo lugar que su residencia. Tan en el mismo lugar que uno está sentado en un sofá del gran salón de la maison Krug, bebiendo un Grande-Cuvée 170º Edición delante de la chimenea, y apenas a seis o siete pasos se encuentra como por arte de magia en las escaleras que descienden hacia las bodegas, experimentando un cambio brusco de temperatura, de grado de humedad y de olor.

Hasta poco antes de la I Guerra Mundial, la bodega solo contó con este único nivel. Fue, pues, justo antes la Gran Guerra -que castigó con especial saña la ciudad de Reims, como ocurriría dos décadas después con la II Guerra Mundial- cuando los Krug se dieron cuenta de que les faltaba sitio para el envejecimiento de algunos de sus vinos, que necesitaban de largos años de reserva, y emprendieron la construcción de un segundo nivel hasta alcanzar los tres kilómetros de bodega, que son los que siguen existiendo en la actualidad.

Allí se encuentra lo que los responsables de la marca denominan La Colección, aunque también podrían llamarlo las Joyas de la Corona, tras unas verjas de hierro forjado y bajo bóvedas de piedra de sillería descansa un verdadero testimonio del paso del tiempo y del saber hacer artesanal en forma de docenas de botellas de 1880, de 1900, de 1904, de 1920... pero también de 1914, de 1915, de 1942, de 1943... es decir champán para tiempos de guerra. Y encima de ellas, escrita en blanco sobre fondo negro, esta frase de André Malraux: "Hay obras que hacen pasar el tiempo y otras que explican el tiempo". Resulta imposible no pensar en el contraste que supone el aire fantasmagórico del lugar y las hedonistas ganas de colarse en él y descorchar unos cuantos de esos tesoros...

Borja Hermoso. E País Semanal, 22 de febrero de 2023.



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