viernes, 29 de marzo de 2024

Aitana Sánchez- Gijón explota en escena

Aitana Sánchez-Gijón en La madre.(Foto: Bárbara Sánchez Palomero)

La actriz transita de la serenidad a la locura en una soberbia interpretación de La madre, obra del dramaturgo francés de moda, Florian Zeller. Un personaje tan poderoso como la protagonista de La madre es un regalazo para una actriz. Pero también un reto: triunfas o te estrellas. Aitana Sánchez-Gijón triunfa. Y de qué manera. Sería injusto decir que es el papel de su vida porque la hemos visto estupenda muchas veces en las pantallas y en los escenarios, pero su trabajo en esta obra es realmente sorprendente. Soberbio. Por sus matices, su serenidad, su  locura. Su rostro aterrorizado al final de la función. Escalofriante.

Y eso que de entrada el personaje parece tópico. Esposa, madre y ama de casa entra en depresión cuando sus dos hijos abandonan el nido. Pastillas para dormir, pastillas para despertar. "Para vivir", dice ella en la obra. El marido va a su bola, siempre ha ido a su bola. Cumple su papel de proveedor y tiene derecho a echar una canita al aire. Sin remordimientos. Además en casa todo son reproches, no hay quien aguante a esa loca.

Hemos visto muchas "locas depresivas" en el teatro.la literatura, el cine. Y en la vida: desde niñas tememos acabar convertidas en una de ellas. Y los niños, en el marido. Pero que las identifiquemos no significa que no puedan seguir explorándose más allá del tópico. De hecho, es el mejor modo de romperlo. Es lo que consigue el autor Florian Zeller en La madre. No solo porque nos lleva hasta las profundidades de su mente, sino también por la forma en que lo hace. Decíamos antes que "construye" el personaje, pero sería más acertado decir que lo deconstruye. Casi a la manera cubista. La obra comienza en estilo alta comedia inglesa convencional: el hombre vuelve a casa y la mujer le echa en cara que llega tarde, que no le hace caso, que se siente sola. Pero resulta que cuando termina la escena se repite con variaciones: donde antes ella emitía un lamento ahora hay un insulto. A partir de ahí, el espectador nunca sabrá si lo que ocurre sobre las tablas es real o está en la cabeza de la protagonista. Un audaz mecanismo con el que Zeller libera el personaje: le da permiso para sacar todo lo que tiene dentro, incluso lo que ni ella sabe de sí misma. Rabia, odio, ira. Lo mejor es que no la victimiza. Es solo una mujer destrozada...

Raquel Vidales. Babelia. El País, sábado 23 de marzo de 2024.

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